BREVE HISTORIA DE UNA MADRE SIN IDENTIDAD
Juan Lozano Cubas
Ella es madre. Tiene dos hijos, una dama y un varón. Los tres no tienen casa donde vivir.
Sin embargo, la madre siempre les consigue algo de comer. Dignamente, con su trabajo, ayudando en lo que sea en una fonda local. Es símbolo de la verdadera madre, virtuosa, pertinente e infinita.
Sólo la llamo Madre, porque, al parecer, no tiene nombre y, aunque la tenga, nadie la llama por él (sólo como “la mudita” la conocen). Se ignoran también el nombre de sus hijos. ¿Tendrán derechos, ellos que ni siquiera tienen documento de identidad?
Sus hijos, adultos, sólo la tienen a ella. Nunca se ha sabido nada del padre (de ambos o de cada uno). Ellos han heredado su humanidad, porque lo mismo que la madre, son sordomudos, pero no mendigan, porque lo tienen todo teniendo a su madre.
Ella ha hecho suya no la casa de Dios, sino sólo la puerta de la iglesia cristiana. Allí los tres duermen todas las noches, a la intemperie, odiados por muchos feligreses que quisieran botarlos a patadas de allí. ¿Sabrá que este domingo ella tiene un día dedicado a su obligación y derecho de madre?
Esto sucede en Chota, en la primera década del tercer milenio. Alguien me dice que es oriunda de Cabracancha y que es pariente de una reconocida familia de la ciudad. Seguro que la negarán los que siempre han podido hablar, pero han callado; y ella, si la pregunto, por su condición de incomunicada, no podrá darme razón.
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