“Chota mía, lo que te da carácter
son tus hombres eficaces como tiro de fusil
y tus mujeres ágiles con ternura de torcaz”..

Anaximandro Vega M

7/13/2010

El breve narrar

LA SEMILLA QUE NO QUISO MORIR
Amílcar Mestanza Bustamante

Nadie sabe como creció en ese sitio, ya que para las especies arbóreas es imposible crecer allí, pero sin duda ahí estaba, pues esto se les atribuye a los roedores o a los pájaros merodeadores del lugar; sin embargo, el arbolito crecía entre los tupidos matorrales de rudas y afilas espinas, tan gran des como sables, ya que allí germinó su semilla y luego dio su primer paso abriéndose camino por dentro de una tupida cercha de hojas grandes y tendidas que tenía su madre adoptiva, una palmera datilera. Así empezó desde el primer día de su nacimiento la ardua lucha por su espacio para no morir oculta entre esa jaula verde. Al brotarle sus primeras hojas buscó afanosamente la luz del sol su energía vital y por eso se inclinó al lado este, después de un tiempo tuvo que torcer su tallo en noventa grados y erguirse verticalmente con dirección a la luz solar si quería seguir viviendo. Pero las grandes hojas que obstruían su camino lo obligaron a tomar otro rumbo tras la luminosa mancha de luz que este joven árbol afanosamente perseguía y esto lo hizo muchas veces sin desmayar, por eso viró hacia el sur guiado quizá por las verdes puntas de las hojas de la palmera; pues parecía que de algún modo se daba cuenta que tenía que seguir esa luz, fuera como fuera. Así, con perseverancia y energía, se abrió paso buscando un pasadizo seguro que le llevara a la libertad, aunque no era fácil, pero este siguió tercamente su ruta, siempre tras la luz de la libertad, derecho que todo ser consciente busca sin titubeos hasta encontrarla
Un día vi a mi planta libre de esa maraña verde, ya que era un hermoso árbol de capulí lleno de ovaladas y brillantes hojas y de preciosos racimos de diminutas flores blancas colgadas como guirnaldas, era un deleite para los ojos. Pasados unos días las níveas florecillas se transformaron en pródigos racimos de sazonados frutos rojos como rubíes y más tarde en almibaradas perlas color azabache, las que con el viento mañanero se mecían entre can tos de zorzales y chirocas que comían los deliciosos frutos, pues yo me sentí orgulloso de mi descubrimiento y lleno de vanidad mostraba a mis amigos esta maravilla. Así que para darle un poco de humor al prodigio, les decía que este el experimento acertado de mi dilecto amigo, el señor Sergio Chávez Burga, profesor entonces del Instituto Agropecuario de la ciudad; luego añadía que con esto él quería demostrar que sí era factible producir, en Chota, dátiles con sabor y aroma a capulíes y viceversa. Pero un día talaron a mi árbol, junto a las hirsutas hojas de la vieja palmera, dizque para darle mejor presencia a la plaza de armas, horrorosamente recién remodelada. Así terminó el valor y la perseverancia de una humilde semilla ya transformada en árbol, y esto no lo hizo la voracidad de los animales sino la inopia cultural de una conocida autoridad.

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