PLENILUNIO
Javier Lerena Castillo
Al inicio pensé que Andrés lo hacía para compensar el mal momento que dijo haber pasado antes por mi culpa. Qué gracioso. Adelantado y visiblemente tranquilo ahora camina cogido de la mano con otra chica que no soy yo.
Se había molestado porque en aquella fiesta me invitó a salir a bailar y no acepté, ya que lo hizo con ademanes, como cascabel de serpiente llamándome con su dedo índice, que me disgustaron, pues creo que ninguna chica merece ese trato baladí de parte de su novio. Desde ese instante no bailé con él ni con nadie. Por eso salimos antes que el vacilón terminara, según él para explicar mis motivos que, por el contrario, fueron motivos suyos.
Claro, por pequeños detalles no íbamos a pelearnos, ni modo. Despejada la cerrazón, su sonrisa hizo de la noche un hermoso plenilunio. Y regresábamos cogidos de la mano, hasta que, algunas cuadras adelante, y en medio de la muchedumbre, todavía deslumbrado, resultó cogido de la mano de otra chica que no era yo.
Sólo al pretender cruzar la avenida nos hubimos detenido. Él me miró; es decir, miró a la desconocida. Ahí se dio cuenta que yo no era ella, entonces me buscó y al ver que ya me iba en sentido contrario, me llamó:
- ¡Elizabeth!
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