AGUSTO TIRAVANTES
Blasco Núñez Carranza
A un pueblito que más antes se llamo Cachimal, llegaría un día, el curita Agusto Tiravantes. Los pobladores lo tomaron como una bendición. Joven apuesto, trajo como lema genésico:“procrearse y multiplicarse” y el consejo sáulico para la juventud: “casarse antes de quemarse”. Pero si, también, amar al prójimo y llegar vírgenes a la confesión y al matrimonio. Aun no terminaba la algarabía por la presencia de tan ilustre huésped, cuando llegó a la misa debutante una joven y hermosa viuda que de primeras a primeras le robo el corazón al novel sacerdote. No lo había pensado antes pero ahora exclamaba. “habrá misa diaria y obligatoria”. La frecuencia de verse obsesionó a ambos. El religioso en sus insomnios determinó casarse. Enterada su familia en Iberia le impidieron el abandono de la sotana. Agusto a su regreso de Europa trajo novedades taurinas para la fiesta patronal del pueblo que se celebraba cada 14 de febrero. Anunció gestionar coso taurino de mármol y por sí el clima esté nublado poner un sol artificial para que se cumplan las tardes de sangre, sol y arena. Además de toros y diestros extranjeros y jueces que sentencien las matanzas. Entonces habría prosperidad espiritual aunque en lo material seguían igual. Otra parte de bendición sentían los pobladores, en su mayoría trigueños, porque sus primeros hijos les nacían blancos. El religioso explicaba que sería algún milagro o algunos saltos genéticos. Por eso Gervasio Moreno afirmaba: “yo pue seré feíto pero mi hijita a nacido gringuita a sus tatarabuelos hay ser pue… ” Otras conjeturas no tenían lugar en la mente porque la verdad era patrimonio de los labios del cura. Al cruel machismo se añadía, el mutismo de las esposas confesadas. Pero con el tiempo, dicen que hasta las piedras hablan. El novio Ambrosio Sabido, a tanta demora de su novia en la confesión, forzó la puerta del confesatorio y encontró al confesador desflorando a su futura esposa. La golpiza casi mata al desflorador, al no ser por unos feligreses que lo defendieron y hablaron de tentaciones demoniacas. Enterados después, otros salieron en su búsqueda. Ya era tarde, no había ni cura ni campana en la iglesia. Por el momento nadie se acuerda de Agusto Tiravantes, solo no olvidan al Cura Potro, que es lo mismo, dicen.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Si no cuentas con ninguna de las cuentas mostradas, marca anónimo, realiza tu comentario y al final escribe tu nombre.